Remar, Beraca, la familia y la religión: el apoyo de los marginados
Segundas oportunidades
Después de una larga jornada de trabajo, Juan se toma el ómnibus esperando que el viaje de más de una hora se le haga más corto que el día anterior. Parece que no. Un vendedor tras otro sube al ómnibus, ofreciendo golosinas, medias, agendas, uno con la guitarra a cantar alguna de Zitarrosa, otro con estampitas a voluntad. Y en una parada suben de a dos; uno se queda en la punta del pasillo y el otro avanza repartiendo, en esa oportunidad, unos llaveros con forma de dados de colores. El primero comienza a hablar: “mi nombre es Gustavo, mi compañero es Alejandro, y pertenecemos a los hogares Beraca”. Esta presentación se ha vuelto muy común, y tanto Juan como otra gente duda de la veracidad de estas comunidades.
Beraca pertenece a la ONG Esalcu, que es gestionada por la iglesia Misión Vida para las Naciones, de la que se ha especulado mucho en referencia al surgimiento de nuevas religiones que acaparan más y más fieles como negocio. Sin embargo, no abordaremos ese aspecto, sino que buscaremos conocer mejor la obra de los hogares Beraca con personas marginadas socialmente.
“La asociación civil Esalcu, con personería jurídica Nº8467 expedida por el MEC, fue creada con el fin de ayudar a los más necesitados, defendiendo principios y valores que generen una sociedad más justa para todos”. Así comienza uno de los panfletos que me dan para leer mientras espero a Mario, uno de los referentes de la casa central en Propios y Termópilas. Su asistente atiende una llamada, al parecer se trata de algún familiar buscando ayuda para un adicto. Luego de algunos minutos de dar respuestas, la asistente le explica a su interlocutor que “si él no está convencido de ingresar, el proceso no le va a servir de nada. Hable con él y si quiere vuelva a llamar”. Ese es uno de los requisitos, la persona que ingresa tiene que estar convencida de hacer el tratamiento, si no es en vano. El referente, Mario Pirán, me explica con su acento porteño que ellos se basan en la fé, y buscan que los internos “puedan conocer a Dios y saber que en él pueden encontrar la salida a todos los problemas”.
Son 53 los hogares de Beraca, incluyendo algunos en Brasil y Argentina. En su mayoría están a cargo de matrimonios voluntarios y se distribuyen por género, y otros están reservados para madres solteras. En los hogares reciben desde niños hasta adultos mayores, y tratan diversos problemas como adicciones, situación de calle, problemas con la ley, abandono, soledad, depresión. “Nosotros creemos que la droga en sí no es el problema, sino la consecuencia de un problema, que por lo general viene de la familia”, expresa Mario, y señala que se focalizan no sólo en el trabajo con el interno, sino también con el involucramiento de la familia, “es un trabajo de a tres: la familia, la persona que vive con nosotros y nosotros. Si hay algún punto en desacuerdo es muy difícil que la persona se recupere”.
El ingreso a los hogares cumple con determinados pasos a seguir: primero se pasa por una serie de entrevistas en las que participa un familiar directo. Beraca presenta su modelo de trabajo y las reglas (no fumar, no ingerir alcohol, no manejar dinero, no tener celular), y a los quince días el interno puede empezar a recibir visitas, que se restringen a los domingos solamente. Una vez por mes se reúnen con todos los padres y la psicóloga los pone al tanto del proceso que están siguiendo sus hijos.
Mario compartió cómo es la rutina de la gente que vive en los hogares de Beraca: “nos levantamos a las 6:30, compartimos un devocional juntos, leemos la Biblia, le pedimos fuerzas a Dios para empezar el día; por supuesto que el que no es creyente no tiene obligación de participar, pero sí se tiene que levantar igual. Desayunamos, distribuimos las tareas, a la hora del almuerzo nos juntamos, almorzamos, seguimos trabajando, y a eso de las 5 o 6 cortamos para bañarnos, ordenar la casa, charlar un rato, jugar al fútbol, tomar unos mates, cenar y después a dormir”. Mario cuenta esto con una sonrisa, y termina afirmando “somos una familia, comemos todos lo mismo, usamos todos lo mismo, compartimos todo”.
Cada hogar tiene su fuente de financiamiento, se auto sustentan. Cuando se abre un hogar nuevo se busca una actividad productiva, “porque la idea es que los chicos aprendan un oficio, y con la venta de lo que se produce se financia el hogar”, explica Mario. Algunos de los trabajos que realizan los internos tienen que ver con talleres de costura, talleres de serigrafía, panadería, carpintería, cría de pollos, herrería, entre otros. En Progreso encontramos uno de estos hogares de Beraca, dedicado a la cría de cerdos. Lo producido en estas actividades es vendido para solventar cada hogar; las modalidades de venta son casa por casa, en los ómnibus, e incluso algunos comercios compran los productos a los hogares para venderlos después, “porque se encuentran con que el producto es bueno y el precio también, entonces se enganchan”. Los chicos que salen a vender los productos llevan entre tres y cuatro meses dentro de los hogares, y puede decirse que ya han cumplido con una fase importante de la recuperación.
Parecido, pero no es
Similar a los hogares de Beraca encontramos la experiencia de REMAR. También de bases cristianas, REMAR es la obra social de la iglesia Cuerpo de Cristo, y se encuentra en más de setenta países en el mundo. “A través de la fe en Jesús le presentamos a las personas que hay una manera diferente de hacer las cosas”, explica Nicolás Fabricius.
Nicolás es el coordinador de la granja de varones, hace cuatro años que está casado y expresa que REMAR fue una nueva oportunidad. “Yo soy un ex adicto recuperado, hace 14 años que no consumo nada. Vine de Argentina, tuve problema con la marihuana, el alcohol, la cocaína, también tomaba medicación mezclada con alcohol, y hace 14 años que no consumo nada. Me interné en 1999 para recuperarme de mis problemas. En un año y medio ya estaba recuperado y podía volver si quería”. Sin embargo no volvió a su país; dice que le gustó tanto la forma de vida en la comunidad que decidió quedarse y ayudar a otros que llegaran igual que él.
Al igual que Beraca, REMAR ayuda a personas con problemas de alcoholismo, adicción, situación de calle, violencia doméstica, abandono. Sus comunidades también se distinguen en géneros, y cuentan con un líder o responsable en cada centro, y un voluntario que lo apoya y lo ayuda en las tareas. Cuentan con granjas que ellos llaman “primera fase”, también casas de reinserción, que son de segunda fase. REMAR no cuenta con un equipo médico particular, sino que recibe apoyo del Ministerio de Salud Pública. Los centros se financian gracias a las actividades que realizan los internos, como el lavadero, la radio, la imprenta, carpintería, herrería, panadería, entre otros. La venta de estos productos casa por casa y en los ómnibus ayuda a financiar el proyecto, aunque la idea es más bien difundir el centro, la página web, el teléfono; “la idea no es sólo recaudar para mantener el centro sino darlo a conocer”, explica Nicolás. REMAR recibe además la ayuda del Inda cada dos meses. Nicolás señala que si bien esa ayuda era muy buena hace diez años, hoy en día, con el crecimiento que ha tenido el centro en materia de internos, se les hace muy difícil financiarse. “Estamos siempre en la diaria, y siempre buscando recursos para que el centro siga funcionando”, señaló.
Al momento de ingresar a REMAR, la persona interesada tiene una entrevista en donde se le explica cómo funciona el centro, las normas de ingreso (no fumar, no tomar ningún tipo de drogas o medicación, respetar los horarios, el régimen de visitas, las llamadas telefónicas), y si la persona está de acuerdo puede ingresar en ese mismo momento. Una vez que la persona ingresa al centro, se la traslada a las granjas situadas en Montevideo, Canelones, Sauce, o Pando si se trata de una mujer. En la granja, el interno tiene un período de uno a dos meses, “donde está tranquilo, donde baja revoluciones, el período de desintoxicación”, señala Nicolás. Luego pasa a una segunda fase donde se ven las aptitudes de la persona, qué cosas le gusta hacer, si tiene un oficio, y de esta forma pasan a desempeñar diferentes tareas en los distintos hogares. El tiempo de internación puede ser de un año, pero depende “de cada caso, cada persona”, señala Nicolás, y explica que muchas personas se han ido antes de tiempo y han tenido recaídas. Para él lo importante es seguir con el proceso y tener voluntad, “si diez personas ingresan con ganas y voluntad, las diez personas se recuperan”.