La Progreseña Alicia Vazquez recibe “Premios AEDI”
El miércoles 18 de marzo fueron entregados en el Ateneo de Montevideo los Premios AEDI. La escritora progreseña Alicia Vázquez obtuvo un premio y una mención especial.
Alicia decía “estando presente la Sra de Alberto Manini Ríos con sus 96 años, fue emocionante en verdad, escritores de toda la República galardonados por sus obras y yo en medio de ellos. Es una gracia de Dios, en verdad. En los 50 años de AEDI fue una fiesta muy especial. Los premios que recibí fueron por: 4° Premio con la obra de Teatro "Carlos Vaz Ferreira y la Generación del 900" y una Mención de Honor por el cuento "Se llamaba Alberto", en verdad valió la pena y un orgullo inmenso, porque estas obras tienen para mí un valor inmenso, la obra de Teatro la escribí mientras estaba internada en la Médica Uruguaya, me había operado de Cáncer de Colon y mi hermana me alcanzó una novus para mirar películas y ante tanto dolor traté de salir a flote con lo mejor que creo que tengo, la fé y la escritura y Dios me apoyó y me sigue cuidando. El cuento en cambio fue inspirado por un ser especial, un amigo que aprendí a conocer y respetar, porque tiene una virtud increíble, y es la inocencia pura, se llama Alberto Zambrano, esposo de Gladys Sparano. Además esto también se lo agradezco a Dino Armas un director y escritor de Teatro, amigo que siempre me está apoyando y dándome fuerzas para seguir adelante. Esto lo quiero compartir de mi pueblo, Progreso a quien tanto amo.”
SE LLAMABA ALBERTO
La vida no lo dotó de una familia como todos anhelan, tuvo que sufrir desde siempre. Nació guacho, quedó sin madre al nacer y su padre lo entregó inmediatamente a su tía entrada en años. Podría decirse que no existió el cordón umbilical. Jamás supo que existen los Reyes Magos o que todos al nacer venimos con un Ángel de la Guarda. Aprendió si a convivir con el dolor. Porque si, supo que duelen los pies de andar descalzo, que no hay abrigo que alcance cuando se siente frío, que se puede engañar el estómago con un mate amargo. Que sin pedirlo nació adulto. Que se desgasta el alma por la falta de amor. Su sencilla vida ocurrió sin apuros, no hubo escuela, ni juguetes, sólo transcurrió sin grandes aspiraciones.
Al morir su tía, se terminó el vinculo familiar, lo llevaron a una estancia y allí conoció lo que son las obligaciones. Descubrió que existen otras formas de vida, la suya y la de los otros. Pero esto no lo perturbó. No sabía cuando era su cumpleaños, ni que era eso, tampoco le sacaba el sueño. Todo lo compartía con su único amigo, Tobi, su perro, comían y dormían juntos. Con él sostenía grandes conversaciones, había cosas que lo intrigaban y no tenían respuestas:
¿Porqué los bichitos de luz, no alumbraban de día?
¿Por qué el sol era tan brillante, que no lo podía mirar fijamente?
¿De dónde venía el arroyo que pasaba en medio del campo?
¿Cómo era que aparecía la noche y de donde estaban colgadas las estrellas?
Cuando no estaba meditando, observaba intrigado la ruta de las hormigas, yendo una tras otra, sin pecharse, algunas llevando una carga que parecían que se morían, pero las entendía, porque cuando le mandaban a lavar el establo, se paraba delante y no sabía por donde empezar, pero cuando terminaba, estaba feliz porque había logrado cumplir con su obligación.
Pasaron los años, sin grandes novedades, se fue llenando de experiencias ajenas, supo que existen grandes ciudades, que hay distintos medios de transporte, sin ser el caballo, que la gente se divierte, que pasean, que hay otro mundo que él todavía no ha descubierto.
Cuando pensaron que cumplía los 18 años, su patrón logró darle el mejor regalo de su corta vida, una partida de nacimiento.
Allí se encontró con su propia identidad, había nacido en un pequeño pueblo de Paysandú, Guichón, un 15 de febrero de hacía exactamente 18 años atrás, le pusieron por nombre Alberto Sánchez Cardozo. Esta noticia no le cambió su rutina, pero si lo obligó a sacar su documento de identidad.
Fue su primera salida a otro lugar que no fuera llegar hasta la tranquera, a ver pasar el autobús de la mañana. No daba crédito a todo lo que veía. Él solo quería volver a su hogar. No entendía ni quería entender ese mundo que comenzaba a conocer.
La naturaleza no lo había equipado de algunas cosas, pero tenía un don especial para hacerse querer, siempre ayudando, jamás hablando de nadie, tenía un rostro sereno, de esos que cuando se ve, se descubre la inocencia en persona. No conocía la maldad. Él daba por sentado, todo lo que le decían, jamás cuestionó una orden.
En los días en que se hace la yerra, y viene gente desconocida, llegó a la estancia, una joven, sencilla, con unos ojos llenos de paz, cuando se cruzaron, él quedó embelesado, ella siguió su camino, llevaba una gran canasta llena empanadas de carne, la observó hasta que la perdió de vista.
Esa noche no logró conciliar el sueño, algo lo perturbaba y no distinguía, que lo tenía tan nervioso. Deseaba que amaneciera, cuando empezara el trabajo con los animales, posiblemente la volvería a ver.
Por primera vez en su vida se peinó mirándose al espejo, su rostro se ruborizó y bajando la vista salió al campo, a cumplir con sus tareas.
Tan ensimismado estaba en lo suyo, que pasó el día volando, y no recordó a la joven que le había sacado el sueño. Estaba agotado, sus compañeros lo invitaron al fogón que se instaló cerca del monte de eucaliptos, unos payadores entretenían al público existente, algunos peones asaban una vaquillona. Se sentó a observar el cielo, estaba tan claro, que la Vía Láctea se mostraba en todo su esplendor, se veía clarita la Cruz del Sur y las Tres Marías, la música inundaba el paisaje, las luces y las sombras dibujan a lo lejos distintas figuras imaginarias, de pronto de entre las luces apareció como un haz resplandeciente, una joven, con el cabello flotando al viento, pensó que estaba soñando, pero al acercarse ella le dijo:
- Buenas noches, ¿quieres una empanada?
- No sé.
- Cómo que no sabes, quieres o no.
- En verdad no estoy seguro.
- Bueno, por las dudas, te dejo un platillo con algunas.
Ella prosiguió su camino, mientras Alberto tragaba saliva. No daba crédito a sus ojos, que la había visto y que ella le dirigiera la palabra.
Se acercó un compañero y sentándose a su lado, lo miró varias veces.
- ¿Alberto, que te pasa?
- ¿Por?
- Hace rato que tienes una empanada en la mano, y no la comes.
- Creo que me la voy a guardar de recuerdo.
- ¿Qué?
- Bueno, no sé que hacer con ella.
- Lo más fácil es que te la comas.
- Pero me quedaría sin nada.
- Por favor, si quieres más, Gladys te trae.
- ¿Quién es Gladys?
- La nueva empleada, la que esta repartiendo empanadas.
Trató de pasar lo más desapercibido posible.
- Mira vos, se quedará en la estancia.
- Sí, ¿no me digas que no la viste?
- Me pareció ver una muchacha extraña.
Su compañero levantó la vista y sonriendo le dijo:
- Sí, claro, te creo que no te habías dado cuenta.
Alberto, tosió, como disimulando, y cambió de conversación.
Pasaron los días, algunas veces se cruzaban cuando ella tendía la ropa al sol.
Él cambió, trataba de estar siempre limpio, sus compañeros se reían, porque no lograba tener una conversación con Gladys.
Jamás por su cabecita pasaban malas intenciones, para él era algo inalcanzable.
El capataz, lo conocía, desde el momento que lo trajeron a la estancia, y lo crió como un hijo, por lo tanto le aconsejaba.
- Alberto, debes acercarte a Gladys y expresarle tus intenciones.
- ¿qué intenciones?
- Ay Alberto, como ¿qué intenciones? Dile que cuando la ves, tu corazón salta de alegría. Que quisieras convidarla a ver juntos una puesta del sol. Que si tiene novio y todo eso.
- Juan, por favor, como le voy a decir tanta cosa. Me va a sacar corriendo.
- Alberto, tienes que perder la vergüenza, o algún otro peoncito, se va a quedar con ella.
- Bueno capaz que a ella, ya le gusta alguno.
Después de mucho hablar y hablar, Juan consiguió, que Alberto se le declarara a la bella Gladys. Inclusive, con el tiempo Juan fue padrino de casamiento y de la primera hija que tuvo la feliz pareja.
Nunca vi nadie tan alegre y lleno de vida como él, le decían pan de Dios, y era un pan de Dios nomás, usted lo verá: cosa rara, en un mundo donde todos usan las garras y recurren al zarpazo, él era manso y humilde de corazón.
Recién allí Alberto tuvo una familia, conoció el amor y la abnegación, día a día, gracias a Gladys y su pequeño hija, conoció a Dios y jamás dejó de agradecer, por todo lo que la vida le había dado.
Alicia Vázquez Raffinengo
Dedicado a mi grandes amigos Alberto y Gladys Sparano