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12/08/2014

Charla motivacional de Roberto Canessa en el Rotary Club Progreso

Charla motivacional de Roberto Canessa en el Rotary Club Progreso   “La vida te está dando mucho más de lo que necesitás; que no se te caiga el avión para darte cuenta de todo lo que tenés. Nadie se escapa, cada cuál tiene su cordillera y la t ...

Charla motivacional de Roberto Canessa en el Rotary Club Progreso

 

“La vida te está dando mucho más de lo que necesitás; que no se te caiga el avión para darte cuenta de todo lo que tenés. Nadie se escapa, cada cuál tiene su cordillera y la trepa como puede…”

 

El pasado viernes 1º de agosto el Rotary Club Progreso recibió a Roberto Canessa, uno de los 16 sobrevivientes de la tragedia de Los Andes (ocurrida entre octubre y diciembre de 1972).

Un buen marco de público concurrió para escuchar esta increíble historia relatada por uno de los protagonistas, quien describió cómo fueron aquellos 72 días de supervivencia en la cordillera, la presencia cercana de la muerte en todo momento y cómo lograron superar aquella difícil situación, adaptándose a las circunstancias más adversas.

El presidente del Rotary Club Progreso Bernardo Fuentes Pareja se mostró feliz por la presencia de Roberto por dos motivos: “El primero porque en lo personal soy un gran seguidor de todo lo que le tocó pasar a esta gente y segundo de cumplir un sueño como rotario de poder volcar en la sociedad y que puedas transmitirle lo que fue esa experiencia increíble y estoy muy ansioso de escucharte…”.

 

El Dr. Roberto Canessa comenzó la conferencia expresando que para él era un honor compartir con uruguayos esta historia uruguaya: “Me ha tocado contarla por muchas partes del mundo y comprobar, que si bien hay diferentes cáscaras, la naturaleza humana es la misma y es bueno saber que la naturaleza humana es similar...”.

Para dar comienzo a la conferencia se mostró un audiovisual a modo de refrescar la historia ya que por más que todos en algún punto la conocen, muchos de los presentes no eran ni siquiera nacidos cuando ocurrió el accidente.

“Lo que tiene de interesante es que es una historia de personas comunes y corrientes que enfrentadas a una situación terrible y con la ayuda de Dios, logramos un resultado inimaginable…”, expresó Canessa, y luego agregó: “Eso habla del potencial que tenemos adentro, que por suerte no es necesario desplegar, pero sí es bueno saber que personas comunes y corrientes son capaces de lograr resultados increíbles…”.

 

El video comenzaba con el siguiente relato: Octubre 12 de 1972, un avión partía desde Montevideo (Uruguay) con un grupo de jóvenes ex alumnos del Colegio Estela Maris para jugar un partido de rugby en Chile. El avión jamás llegó…

72 días en el que un grupo de jóvenes entre 18 y 22 años con extraordinario ingenio y tenacidad vieron morir ante sí a familiares y amigos, aferrándose a la vida, buscando desesperadamente sobrevivir.  Así comenzaba esta impactante historia que contiene la historia misma del hombre, de sus éxitos y fracasos y sus increíbles paradojas: su debilidad por una parte, y por otra, su capacidad para adaptarse a las circunstancias más adversas gracias a su resistencia al sufrimiento, inteligencia, voluntad y valor para negarse a aceptar la derrota.

 

“Cuando el ser humano está privado de todo lo material empieza a crecer lo espiritual; el confort te paganiza, en cambio cuando empezás a pasar necesidades, que sentís que te morís de hambre y sed, empieza a crearse como una solidaridad y un sentimiento de Dios como nunca tuve en mi vida…”

 

Roberto comienza a relatar la historia desde el comienzo, desde cómo se forma este equipo de rugby y cómo surge la posibilidad del viaje a Chile: “Cuando me sucedió el accidente yo tenía 19 años; mis padres habían buscado un colegio que enseñara inglés porque creían que iba a ser importante y que tuviera religión católica, y justo había llegado a Uruguay una congregación de hermanos irlandeses que habían venido con la misión en enseñar religión; así me mandaron a ese colegio que fue una educación un poco diferente de la habitual, eran muy severos…”.

Como vieron que el fútbol era un deporte donde se insultaba al juez y a los contrarios, y que de esa forma no se podía educar a los jóvenes, decidieron educarlos con un deporte donde se respetara al juez; ese deporte era el rugby, donde el juez siempre tiene la razón y se respeta su decisión, esté en lo correcto o no.

Luego de terminado el colegio decidieron formar un equipo de rugby llamado Old Christians  (Los viejos cristianos), que poco a poco se comenzó a tomar con más seriedad al punto de llegar a jugar torneos sudamericanos con las selecciones de Argentina, Brasil, Chile y Paraguay, según relató Roberto: “Los argentinos tenían un cuadro poderoso, los famosos Pumas que todos conocen, pero con los chilenos nos entreverábamos bastante y nos invitan a su país a jugar contra su equipo…”

Los chilenos se encargaban de pagarle los gastos de alojamiento pero ellos tenían que hacerse cargo de los pasajes; fue así que averiguan que existían unos aviones nuevos de la fuerza aérea que tenían capacidad para 45 personas y esta debía ir repleta. El viaje, que tardaba 4 horas y media llegar a chile, valía U$S 45 pero el problema era que precisaban más gente para completar el avión: “Como locos salimos a buscar jugadores y allá a las cansadas logramos juntar 22 jugadores; el resto de los pasajes lo llenamos con los padres de los chicos que estaban en el colegio, familiares y así logramos salir aquel 12 de octubre de Montevideo…”.

 

(desde acá)

Llegando a la cordillera de Los Andes el avión hace una parada imprevista en Mendoza debido a que las malas condiciones del clima hacía imposible cruzar la misma.

Con muchas ansias de llegar a Chile, y sin plata en los bolsillos, los jugadores hablan con el comandante del avión, con bromas de por medio, para apurar la salida y llegar cuanto antes: “Copados nos subimos al avión y me acuerdo que era viernes 13 y alguien preguntó si sería verdad que esos días traen mala suerte, y yo le respondí: “Hoy lo vamos a averiguar...”.

En medio de un ambiente de jolgorio empezaron a cruzar la cordillera que estaba  completamente cubierta de nubes. El avión toma un pozo de aire, luego otro y otro: “En ese momento Vicentín mira por la ventana y dice: “Che ¿no están muy cerca los picos de la montaña?”, a lo que le responden: “No, pasa que la cordillera es tan grande que a vos te parece que está cerca pero en realidad está lejos.”

El avión empieza a trepar y a vibrar y aunque si bien estaba todo controlado hasta ese momento, no era nada agradable: “De repente siento que pega contra la cordillera y como que zafa, y me dije estás muerto, te vas a morir, todo eso de la vida y la muerte que estaba lejos te va a pasar ahora porque lo único que podés pensar es que te vas a morir…”.

El avión pierde la cola, las alas y comienza a deslizarse a una velocidad tremenda por la ladera de la montaña hasta enclavarse de golpe en la nieve, al final del valle. Reviviendo ese fatal momento Roberto recuerda que él sale despedido hacia adelante debido al impacto golpeándose contra una mampara: “Paró, me salvé, los brazos están acá las piernas, la cabeza, está todo... Miro para el costado y veo que había entrado una hélice y le había cortado la pierna a un amigo, miro para adelante y veo que la madre de Nando (Parrado) estaba enroscada entre los fierros muerta, un matrimonio pegado contra la mampara muerto también y yo que estaba bien pensaba que tenía que salir de ahí para dejar espacio porque iba a venir la policía, los bomberos, pensaba que iba a ser una situación controlada por gente experta…”.

Cuando Canessa gira queriendo salir del avión se encuentra con que la cola no existía más, el avión se había partido en dos: “se veía toda la circunferencia del avión y esa sensación de pisar la nieve en un lugar totalmente desolado donde lo único que se sentía era el silencio de la montaña, nevaba, había un silencio indiferente y las reacciones más diversas que se puedan imaginar. Esto no puede estar pasando, esto es una pesadilla pensaba yo, era una realidad que superaba cualquier fantasía…”

De repente alguien se percata que el piloto del avión estaba vivo por lo que podía ser la oportunidad para orientarse de lo qué había pasado, cuál había sido la causa del accidente y dónde se encontraban: “Fuimos a la cabina, el copiloto estaba muerto y el piloto que estaba apretado entre los fierros decía: “Pasamos Curicó, pasamos Curicó”. Ahí nos matamos para sacarlo pero lo único que pudimos sacar fue el respaldo del asiento porque las piernas las tenía trancada adentro del fuselaje y cuando se dio cuenta que no podía salir nos pide que le alcancemos el portafolio porque allí tenía el revolver…”. Roberto recuerda que no pudo darle el portafolio porque tenía la esperanza de ser rescatados.

Esa primera noche fue la peor, entre los lamentos de los heridos y una temperatura de –30º que Roberto describe como “…un frío que te anestesia la piel y sentís como que te apretan con una morsa los huesos…”. Como pudieron se las ingeniaron para refugiarse en el fuselaje y pasar la noche acurrucados, esperando ser rescatados al día siguiente, pero nadie se imaginaba que pasarían allí los siguientes 72 días.

Roberto cuenta un episodio que le tocó vivir esa noche que recuerda como si fuera hoy; en la parte de adelante del avión existía una especia de cubículo con una pared de red y al inclinarse el fuselaje quedaba una especie de hamaca paraguaya que Canessa lo utilizó para descansar esa noche: “Me subí ahí arriba y me abrazó una persona que nunca había visto en mi vida, y me dijo «Estoy congelado, abrazáme» y ahí nos abrazamos dos personas que nunca se habían visto en su vida, mientras abajo se quejaban los heridos, deliraban. Yo creo que si el infierno de Dante existe fue esa noche, una noche interminable, terrible, con quejidos, con gente herida.

A la mañana siguiente los heridos más graves habían muerto por lo que en parte sintieron un gran alivio de ya no tener esa responsabilidad de tratar de salvarlos, porque era algo imposible debido a las condiciones en que se encontraban. De allí en más comenzaron a ingeniárselas y a organizarse para tratar de combatir el frío gélido que los amenazaba, el hambre y la sed; sacaron los asientos, usaron las valijas para tapear la parte de atrás del avión y utilizaron el forro de lana de los asientos para hacer frazadas. Hasta ese momento había comida, pero Roberto recuerda que con la sed que tenía comía nieve, lo que le provocaba el congelamiento de la lengua; era preferible eso y no morirse de sed: “Ahí empezás a ver que cuando el ser humano está privado de todo lo material empieza a crecer lo espiritual; yo siempre digo que el confort te paganiza, en cambio cuando empezás a pasar necesidades, que sentís que te morís de hambre y sed, empieza a crearse como una solidaridad y un sentimiento de Dios como nunca tuve en mi vida. Yo hasta ese momento había conocido a un Dios que era el Dios de los NO, no mientas, no robes, no tengas pensamientos impuros, pero ahí en Los Andes conocí un Dios diferente, que era como mi amigo, que le pedía ayuda…”, manifestó Roberto.

Los días pasaban, la comida se terminaba y la posibilidad de rescate comenzaba a perderse. Con ingenio propio lograron hacer andar una radio a transistores y lograron escuchar que la búsqueda del avión se hacía muy difícil porque había nevado más que en 30 años, haciendo difícil la búsqueda de los “restos”. Esta palabra los desalentó: “Vos estabas vivo y el mundo te estaba declarando muerto…”, expresó Cannesa.

Al tercer día logran visualizar un avión; todos se abrazaron felices, se comieron todos los chocolates pensando que al fin los rescatarían y aquella pesadilla al fin terminaría. Lo cierto es que se hizo la noche y el rescate nunca llegó, al día siguiente tampoco, ni el otro, ni el otro…

El tiempo pasaba, el hambre comenzaba a apretar cada vez más, el ojal del cinto que cada día iba un espacio más, no había árboles, no había vegetación y había que alimentarse; y aquí se da un episodio que marcaría un punto importante en esta historia, que aun 40 años después se sigue poniendo en tela de juicio; Roberto hoy en día lo cuenta con total naturalidad pero afirma que en ese momento fue una de las decisiones más difíciles que le tocó afrontar al grupo: “Alguien dio la idea de empezar a comernos a los muertos, y ahí empezó la discusión de si éramos caníbales, en qué nos íbamos a transformar, grandes conversaciones, unos estaban en contra, otros les parecía horrible, era una decisión muy difícil de tomar, pero había que echar para adelante. Yo siempre fui de tomar decisiones, creo que Dios me iluminó porque pensé que si yo fuera el muerto: ¿me molestaría que usaran mi cuerpo? ¿O sería un honor para mí que después de muerto ser parte del proyecto de vida de mis amigos donándoles mi carne?...”

“Yo creo que no estoy haciendo nada que no me gustaría que me estén haciendo a mí y ahí se hizo el famoso pacto donde el que moría era comida para los demás, pero llega el momento que tenés que ir a cortar el pedazo y no te dan ganas de comértelo porque te estás comiendo un muerto y tu cuerpo te dice que no y sentís como que te estás yendo a lo más primitivo, a lo más humillante, a lo más bajo de la dignidad humana. Yo no me tengo que comer este pedazo, yo me muero y chau, ¿por qué tengo que seguir viviendo, cuál es la razón de tener que someterme a todo este desastre? Y ahí me vino la imagen de mi madre que en un entierro de un amigo me dijo “Si a mí se me muere un hijo yo no puedo seguir viviendo”, y eso me mató y dije que a mi madre no le iba fallar, yo me voy a comer el muerto, el fuselaje, lo que sea y me tragué ese pedazo…”, agregó Roberto contando aquel difícil momento.

Ya en el décimo día, alguien comenta que en la radio había escuchado una buena noticia y quería comunicársela a todo el grupo; esa buena noticia era que la disyuntiva terrible entre esperar que los rescaten o salir ellos mismos por sus propios medios, algo que parecía una inconciencia, había terminado porque la búsqueda se había suspendido.  Nadie entendía por qué había dicho que era buena una buena noticia y entre los reproches él responde: “Porque ahora sabemos que dependemos solo de nosotros mismos”. Luego de ese episodio hubo varios intentos de trepar la montaña pero como lo relató Roberto: “Vi salir a tipos con un coraje de un puma pero rebotaban contra la cordillera porque no hay macho que aguante cuando te agarran los - 30º…”.

Cuando sentían que peor no podían estar, los más desgraciados del mundo, cuando estaban en el límite de lo más bajo, una noche cae un alud matando a 8 personas más. Roberto revive ese momento de la siguiente manera: “Ahí nos dimos cuenta que siempre podés empeorar, solo no podes hacerlo cuando estás muerto. Ahí quedé enyesado, no podía mover los brazos ni las piernas, un silencio brutal, pensé hasta acá llegaste Roberto, y de repente me destapan y puedo respirar de vuelta, y salí como pude…”.

Cuando todo parecía perdido, la búsqueda había terminado, estaban enterrados vivos, las preguntas de por qué seguir viviendo comenzaban a plantearse. Es que lo único que tenían era solamente la vida, y ahí se dieron cuenta de que la vida era todo, de que habían visto morir a familiares y amigos y ellos aun continuaban con vida, y en esas circunstancias el límite entre la vida y la muerte es muy fino y sabían que el próximo podía ser cualquiera de ellos. Bajar los brazos, dejar de luchar e irse con los familiares que ya habían perdido en el accidente, o vivir por volver a ver al resto de su familia. Esa era la cuestión.

A partir de ese momento Fernando Parrado, animado por otros del grupo, comienza a decirle a Roberto que lo acompañe a trepar la montaña, a lo que este se negaba rotundamente. Pero hubo una situación que lo hizo cambiar de parecer: “Un día iba caminando al costado del fuselaje, amargado, estaban los muertos, era todo un desastre y Arturo me dice: “Roberto, que bien te debés de sentir vos”, a lo que yo le respondo: “Que me estás diciendo, yo me siento horrible”, y él me dice:” Si pero no sabés lo que es estar con las piernas quebradas y ser un parásito y depender de tipos como vos que salgan caminando y nos saquen de aquí”. Me mató, porque me di cuenta que las piernas del grupo eran las mías y ahí hice como un clic y dije que iba a salir caminando y que si me tenía que morir me iba a morir…”.

Ya con Fernando y Roberto convencidos de trepar la cordillera, comienzan las discusiones sobre hacia donde ir; o lo hacían al oeste rumbo a Chile, o hacia el lado argentino. Lo único que estimaban era que Chile podía estar a unos 60 km de allí, unos cien mil pasos como le dijeron a Roberto, esa era la distancia que los separaba de la salvación, y que cada paso que diera los llevaría cada vez más cerca.

Las primeras salidas hacia el lado argentino fueron de mucha ayuda porque logran encontrar la cola del avión, una radio con su batería, y encuentran un material que era lo que tapaba los caños de la calefacción para aislar la temperatura y con eso hicieron una bolsa de dormir que fue importantísima porque con eso tendrían autonomía para poder pasar una noche y no morir congelados.

Con un miedo terrible a trepar la cordillera de Los Andes, Roberto recuerda que finalmente cuando la situación ya no daba más, deciden salir rumbo al oeste con todo el aliento de sus compañeros, de ellos ahora dependía el futuro del grupo.

Con ropas miserables, un saco de dormir hecho por ellos mismos y algo de carne congelada, Roberto y Fernando caminaron 11 días en la fría cordillera, escalando varios picos de más de cinco mil metros de altura, hasta que finalmente logran tener contacto con una persona que estaba al otro lado de un arroyo y comienzan a gritarle desesperadamente. Esa persona era un arriero que se encontraba realizando su rutina diaria de ir a buscar el ganado y será un personaje fundamental para el posterior desenlace de la historia: “Cuando vio que nosotros le gritábamos nos miraba y no entendía nada, porque él ya nos había visto pero pensó que éramos turistas. Tanto le gritamos que nos dijo “Mañana, mañana”.

Allí hicieron un fuego esperando que pasaran las horas hasta que apareció nuevamente el arriero y Roberto le escribe una carta explicándole que eran sobrevivientes de un accidente de avión y se la lanza hacia el otro lado del arroyo. El arriero la lee, vuelve con un poco de comida, y a partir de allí logran rescatarlos.

 

Esta historia recorrió el mundo, 16 sobrevivientes que serán recordados como héroes, semidioses, o simplemente seres humanos enfrentados a una situación límite, en la cual exhibieron sus debilidades y sus fortalezas.

 

Finalmente Roberto volvió a su casa con su familia, logró continuar su carrera de medicina y recibirse de Médico Cirujano, profesión que sigue ejerciendo actualmente.

Para finalizar la charla y a modo de mensaje,  Roberto dijo que de todo lo que le tocó vivir en esos 72 días aprendió varias cosas: “Todos los que estamos acá necesitamos mucho menos de lo que pedimos; si tenés tu cama donde dormir, si tenés un plato de comida decente, ¿de qué te quejás? La vida te está dando mucho más de lo que necesitás y que no se te caiga el avión para darte cuenta de todo lo que tenés. Nadie se escapa, cada cuál tiene su cordillera y la trepa como puede…”

 

Todos tenemos ese potencial dentro nuestro aun siendo muy diferentes, cada uno habrá tenido su fórmula para poder sobrevivir, pero para Roberto todos los sobrevivientes tienen algo en común: todos son enamorados de la vida y todos tienen sentido del humor y esa fue una de las cosas que nunca se perdió en la cordillera aun frente a las mayores adversidades.