“Yo hablo de guayaba (Acca selowiana), aunque algunos lo llaman guayabo y no está mal”, aclaró en el comienzo de la charla con El Observador, sentado sobre un cajón de frutas, en el galpón de su granja.
“Arranqué con esto en 2008 con unas plantas que desde la Facultad de Agronomía, desde Salto, me mandó Beatriz Vignale, todo fue por una gestión que se hizo desde INIA Las Brujas (Estación Experimental del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria ubicada en esa localidad de Canelones), así armé las dos primeras filas, en un módulo experimental”, contó.
En un desarrollo en el que participaron, entre otros, dos actores de mucho prestigio en la investigación y el desarrollo frutícola, Danilo Cabrera y Félix Fuster, Ricardo produjo más de 1.000 plantas de guayaba que fueron distribuidas a vecinos y no vecinos.
Aquel proceso permitió, con el paso de los años, ir seleccionando a las mejores plantas, gestión que derivó en la disponibilidad actual de clones, como se verá más adelante.
Y, remarcó, esa actividad de producir plantas la sigue realizando y es una de las cosas que más le gustan.
“En aquel momento todo eso lo financió Naciones Unidas, eso fue fundamental, fue un gran empuje”, resaltó.
Volviendo a la anécdota que se citó al inicio, recordó que “en la casa de mi suegra hay una planta de guayaba, con más de 80 años, que sigue produciendo… y ver a la familia, grandes y chicos, comiendo guayaba con tantas ganas fue lo que me contagió esto de dedicarme a su producción… el problema que había que resolver para arrancar era conseguir plantas, pero hubo apoyos, la investigación fue importante y hoy tenemos una linda realidad de varios productores de guayaba en distintas partes del país”.
En su quinta hay plantas de guayaba en un cuarto de hectárea, con dos realidades: por un lado, plantas de semilla con una producción no uniforme, tradicional se podría definir, y por otro hileras de plantas de clones que dan frutos iguales, con base en la investigación desarrollada por el INIA que dio lugar al registro en el Inase –Instituto Nacional de Semillas– de las primeras variedades del llamado “guayabo del país”: INIA Fagro Isleña, INIA Fagro Cerrillana, INIA Fagro Artillera e INIA Fagro Armonía.
Cada planta adulta, de las de semilla, en promedio da unos 20 kilos en un lapso de 15 a 20 días, desde fines de marzo al inicio de mayo, aproximadamente.
En el caso de las plantes de clones la cosecha es más tardía para las variedades que, además, están escalonadas, detalló. Y desde que se plantan los clones, añadió, al segundo año ya hay producción disponible.
Como el color no varía, pasa cuando la fruta se desprende sola del árbol, incluso el manejo habitual es a esa altura sacudir el tronco para que haya varios desprendimientos e ir juntando en los cajones.
Ricardo vive y trabaja -codo a codo con su esposa Liliana Stevenazzi- en una zona de Canelones vecina a Juanicó, llamada Rincón del Gigante, a pocos kilómetros de la ruta 5.
Tiene 65 años y nació ahí, en ese predio, adquirido en 1943 por su abuelo (Antonio) y en el que también trabajó su padre (Ruben).
El apellido tano denuncia que todo comenzó hace muchos años, con la llegada al país de su bisabuelo, procedente desde el norte de Italia, cerca de la frontera con Suiza, pero el que arrancó a trabajar en la tierra fue su abuelo, remarcó.
El de Ricardo es un claro ejemplo de un problema grave que tiene la granja en Uruguay: sus hijas se dedicaron a otra cosa (una es escribana y otra técnica en electrónica) y no hay una nueva generación que tome la posta: “Ellas y mis yernos no van a seguir con esto, seguramente porque es algo muy sacrificado, vieron que uno pasó las mil y una, para la gente joven uno acepta que no hay estímulos suficientes”, lamentó.
“Esto es lo que aprendí, es lo que sé hacer, es algo que me apasiona, le tengo cariño, ser productor de frutas es un gran amor en mi vida”
Su escuela, remarcó, “fue la familia, aprendí de mis mayores, y eso siempre lo tengo presente”.
Su predio tiene ocho hectáreas, pero solo hay cinco plantadas, en producción. Podría haber más, pero hay un obstáculo: la mano de obra.
“Tengo un gran empleado, hace 38 años está conmigo, es parte de la familia por supuesto, se llama Héctor Rodríguez, pero ya no se encuentra gente así, eso explica que acá podría plantar otras dos hectáreas, capaz, pero mejor no correr riesgos”, relató.
Ricardo produce membrillo, manzana, durazno pelón, ciruela y guayaba, “de todo un poco” dijo, de modo escalonado para estar llevando siempre algo al mercado: “La cosecha empieza en noviembre con la ciruela y la terminamos en mayo con guayaba, tenemos todo programado para que nunca se nos amontonen las cosas”.
Un vecino tiene un reparto con el que abastece a varios comercios y le lleva casi el 50% de la producción, comercializando el resto a un comisionista de la Unidad Agroalimentaria Metropolitana (UAM), salvo en el caso del membrillo, que lo vende a la compañía Los Nietitos.

La guayaba, admitió Ricardo, “a esta altura de mi vida es una pasión, me renovó las energías, a mí y a otros porque con todo esto se formó un lindo grupo de productores que compartimos este empuje”, contó.
Se trata de Frunatur –Productores de Frutos Nativos del Uruguay–, Asociación Agraria Uruguaya conformada por personas que se vincularon a la fruticultura a través de la guayaba y están dedicadas a la investigación, promoción y valorización de los frutos nativos del país.
Ricardo fue protagonista con la gestión inicial de viverista, tanto que dentro de Frunatur su sistema productivo es denominado Vivero Frunatur, existiendo como otros integrantes fundadores La Araucaria (Colonia), Frutos Autóctonos Del Rincón (Canelones), Dos Pindó (Florida), La Guayabería (Maldonado) y Chacra Agroecológica Ibirapitá.
El guayabo del país es una de las especies de la flora nativa más conocida a nivel popular y su fruto ha sido definido como “el delicioso sabor de la patria”.
Ha sido cultivado y apreciado por los pobladores ya desde el siglo XIX.
Es posible encontrar plantas centenarias que aún dan frutos en antiguos cascos de estancias y poblados del interior de Uruguay.
Se siguen encontrando añejas plantas silvestres en Cerro Largo, Lavalleja, Rivera, Treinta y Tres y Tacuarembó, sobre todo en la transición de las quebradas características de esas regiones y en praderas serranas.
El fruto, que recién descubre mucha gente en Uruguay, es muy conocido y valorado en países como Australia, Nueva Zelanda, Israel, Azerbaiján, Italia, Colombia y Estados Unidos, entre otros.